Quando o dia começa, mergulhamos nas tarefas de casa, do trabalho e nos inúmeros compromissos que fazem parte da vida. As horas passam quase sem percebermos. Muitas vezes nem durante as refeições conseguimos fazer uma pausa. Comemos diante do computador, do celular ou assistindo a vídeos aleatórios, como se até esse momento precisasse ser preenchido por alguma distração.

Vivemos tão acostumados a estar ocupados que, muitas vezes, esquecemos de ouvir o que o nosso próprio corpo está tentando nos dizer.

Precisamos de pausas.

Precisamos de silêncio.

Precisamos respirar.

Quando o entardecer chega, a natureza parece nos lembrar disso.

O céu muda de cor lentamente, a luz se torna mais suave e o ritmo do dia começa a diminuir. Os pássaros retornam aos seus ninhos, as flores se recolhem e cada ser vivo, à sua maneira, encontra o caminho de volta para o descanso.

A natureza nunca tem pressa para encerrar o dia. Talvez por isso ela nos ensine tanto.

Observar um pôr do sol, tomar um café ou um chá sem olhar para o relógio, abrir um livro ou simplesmente contemplar o silêncio pode parecer um pequeno gesto. Mas são justamente esses pequenos momentos que devolvem tranquilidade à mente e renovam as nossas forças.

Eu também sinto isso.

Há dias em que as obrigações se acumulam, os compromissos ocupam cada espaço da agenda e, quando percebo, a noite já chegou. Às vezes ainda carrego a sensação de que não fiz o suficiente, como se estivesse sempre faltando alguma coisa.

Talvez sejamos exigentes demais conosco.

Talvez nos cobremos mais do que cobraríamos de alguém que amamos.

E, sem perceber, acabamos nos tornando nossos críticos mais severos.

Por isso gosto tanto do entardecer.

Ele não exige nada de nós.

Apenas convida.

Convida a respirar mais devagar.

A observar a beleza das pequenas coisas.

A agradecer pelo dia que passou.

E a compreender que descansar também faz parte da vida.

Porque desacelerar não é perder tempo.

É permitir que a alma acompanhe o ritmo do coração.

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El atardecer nos enseña a bajar el ritmo

Cuando comienza el día, nos sumergimos en las tareas del hogar, el trabajo y en los innumerables compromisos que forman parte de nuestra vida. Las horas pasan casi sin que nos demos cuenta. Muchas veces ni siquiera durante las comidas conseguimos hacer una pausa. Comemos delante del ordenador, del móvil o viendo vídeos sin pensar, como si incluso ese momento necesitara estar ocupado por alguna distracción.

Vivimos tan acostumbrados a estar siempre haciendo algo que, en muchas ocasiones, olvidamos escuchar lo que nuestro propio cuerpo intenta decirnos.

Necesitamos hacer pausas.

Necesitamos silencio.

Necesitamos respirar.

Cuando llega el atardecer, la naturaleza parece recordárnoslo.

El cielo cambia lentamente de color, la luz se vuelve más suave y el ritmo del día empieza a disminuir. Los pájaros regresan a sus nidos, las flores comienzan a recogerse y cada ser vivo, a su manera, encuentra el camino de regreso hacia el descanso.

La naturaleza nunca tiene prisa por terminar el día. Quizá por eso tenga tanto que enseñarnos.

Contemplar una puesta de sol, disfrutar de un café o de una taza de té sin mirar el reloj, abrir un libro o simplemente dejarse envolver por el silencio puede parecer un gesto pequeño. Sin embargo, son precisamente esos pequeños momentos los que devuelven la calma a la mente y renuevan nuestras fuerzas.

Yo también lo siento.

Hay días en los que las obligaciones se acumulan, los compromisos ocupan cada rincón de la agenda y, cuando me doy cuenta, ya ha caído la noche. A veces incluso me acompaña la sensación de no haber hecho lo suficiente, como si siempre quedara algo pendiente.

Quizá somos demasiado exigentes con nosotros mismos.

Quizá olvidamos tratarnos con la misma comprensión con la que tratamos a quienes queremos.

Y, sin darnos cuenta, nos convertimos en nuestros jueces más severos.

Por eso me gusta tanto el atardecer.

No nos exige nada.

Simplemente nos invita.

Nos invita a respirar más despacio.

A contemplar la belleza de las pequeñas cosas.

A dar gracias por el día vivido.

Y a comprender que descansar también forma parte de la vida.

Porque bajar el ritmo no significa perder el tiempo.

 

Significa permitir que el alma vuelva a caminar al mismo paso que el corazón.